Él es bueno —muy bueno—, y en su bondad hay algo que a veces me derrite.
Pero nuestra casa tiene hilos invisibles.
Son tan finos que nadie los ve… excepto yo, que los sostengo.
Luego otro: el de la ropa que se acumula.
Otro más: el de recordar lo que él olvida.
A veces, en nuestra casa, hay gestos diminutos —lucecitas que titilan apenas— que pasan desapercibidos para él.
A veces me siento la única arquitecta de este hogar silencioso.
A veces me pesa.
A veces no puedo más.
Y sin embargo, cuando él sonríe, hay un rincón de la casa que vuelve a encenderse sin esfuerzo.
Cuando me abraza, los hilos aflojan un poco, como si recordaran por qué los sostengo.
Pero también hay miedo en mí.
Miedo a que esta casa que levantamos s
e construya sólo con mis manos.
Miedo a estar remendando siempre lo que él ni siquiera sabe que está roto.
Miedo a que un día mis dedos se cansen del telar y me quede mirando los hilos caídos, sin fuerzas para volver a levantarlos.
Quiero creer que algún día él verá los hilos.
Que entenderá que el amor no sólo se siente, también se cuida, se sostiene, se comparte.
Que las casas viven mejor cuando dos personas cargan juntas el peso de sus paredes.
Mientras tanto, sigo aquí, en esta casa nuestra.
Lo quiero con ternura, pero también con preguntas.
deseando que un día, cuando yo afloje los dedos, él también empiece a tejer.

