9.12.25

La casa de los hilos invisibles

Dicen que cada relación es una casa.
La nuestra nació pequeña, un refugio tibio tejido con manos tranquilas. Él llegó con su calma habitual, como quien entra descalzo para no molestar al silencio. Yo abrí las ventanas para que entrara la luz, para que los días respiraran.

Él es bueno —muy bueno—, y en su bondad hay algo que a veces me derrite. 
Tiene esa quietud que parece un abrazo, esa forma de mirar que no empuja ni exige, que sólo acompaña. A su lado, a veces siento que el mundo podría ir más despacio.

Pero nuestra casa tiene hilos invisibles.
Son tan finos que nadie los ve… excepto yo, que los sostengo.

Cada mañana recojo uno: el del desayuno que nadie prepara.
Luego otro: el de la ropa que se acumula.
Otro más: el de recordar lo que él olvida.
Y así, uno tras otro, como quien teje un telar interminable, voy sosteniendo paredes que él no nota que se inclinan.

A veces, en nuestra casa, hay gestos diminutos —lucecitas que titilan apenas— que pasan desapercibidos para él.
No es que no quiera verlos; es más bien que camina con una calma tan amplia que algunas cosas se quedan quietas a su paso, esperando a que alguien las nombre.
Y yo, que tengo el oído acostumbrado a los susurros del día a día, recojo esas pequeñas voces antes de que se pierdan, las ordeno, las sostengo, como si de mí dependiera que nada se apagara.

A veces me siento
la única arquitecta de este hogar silencioso.
A veces me pesa.
A veces no puedo más.

Y sin embargo, cuando él sonríe, hay un rincón de la casa que vuelve a encenderse sin esfuerzo.
Cuando me abraza, los hilos aflojan un poco, como si recordaran por qué los sostengo.
Hay dulzura en él, aunque no venga envuelta en gestos perfectos.

Pero también hay miedo en mí.
Miedo a que esta casa que levantamos s
e construya sólo con mis manos.
Miedo a estar remendando siempre lo que él ni siquiera sabe que está roto.
Miedo a que un día mis dedos se cansen del telar y me quede mirando los hilos caídos, sin fuerzas para volver a levantarlos.

Quiero creer que algún día él verá los hilos.
Que entenderá que el amor no sólo se siente, también se cuida, se sostiene, se comparte.
Que las casas viven mejor cuando dos personas cargan juntas el peso de sus paredes.

Mientras tanto, sigo aquí, en esta casa nuestra.
Lo quiero con ternura, pero también con preguntas.
Y entre el amor y el cansancio, avanzo…
deseando que un día, cuando yo afloje los dedos, él también empiece a tejer.

Esther

Y a veces, me siento invisible como esos hilos. Siento que donde antes me veía, ya no me ve...

18.9.25

La extraña calma de estar rota

Os voy a decir algo que puede sonar muy loco: a veces echo de menos la depresión. Y no me malentendáis, por supuesto que no echo de menos la oscuridad, ni el vacío, ni esa niebla que me robaba las ganas de todo, ese vacío que se apoderaba de mi mente y corazón. No es eso, no estoy tan loca.

Lo que echo de menos es esa pausa, esa “comodidad”. Dentro de ese pozo, hay algo que engancha. Echo de menos esa especie de silencio en el que el mundo se volvía lejano, donde no tenía que correr ni demostrar nada. Era duro, claro… pero también fácil. No dolía, porque nada llegaba a doler, ¿tiene sentido?

Y también echo de menos los cuidados. Cuando estás rota, quienes te quieren cambian un poquito. Mi novio me sacaba a pasear, aunque yo no quisiera, pedíamos comida, hacía la cama, lavaba los platos. Mi madre venía desde lejos, dormíamos juntas, veíamos series, hablábamos bajito. Eran cosas pequeñas, pero se sentían enormes.

Y a veces me pregunto: ¿Por qué esos gestos solo aparecen cuando estamos mal? ¿Solo merecemos ternura cuando estamos al borde? ¿Solo entonces hay tiempo para cuidarnos de verdad?

No es que quiera volver allí. Estoy bien, de verdad. Pero recuerdo esa etapa con algo de nostalgia, porque incluso en medio de la tormenta encontré un rincón de calma.

Y pienso que quizá podamos aprender a darnos eso también cuando ya no duele.



Esther

 

23.8.25

La duda en tus pupilas

Hace tiempo que no veo mi reflejo en tus ojos.

Antes me bastaba mirarte para saber que habitaba en ti, como si tu mirada fuese un espejo secreto donde encontraba certeza. Ahora dudo: ¿sigues guardando mi nombre en tus pensamientos, o me he convertido en un huésped olvidado?

Hay noches en las que repaso tus gestos como quien revisa una fotografía gastada, intentando adivinar si la sonrisa era para mí o para alguien que ya no soy. Te observo y me pregunto si tus silencios son descanso o distancia, si tu roce es rutina o todavía deseo.

Recuerdo cuando tus palabras eran refugio y no enigma, cuando me bastaba con escuchar tu voz para sentir que el mundo se acomodaba a mi alrededor. Ahora cada frase tuya parece medir una frontera invisible, y me descubro intentando cruzarla sin permiso, buscando grietas donde entrar.

A veces me sorprendo buscándome en ti, como quien busca un eco en un valle. Y temo que la respuesta sea el vacío, que la ausencia se haya instalado sin anunciarse. Quizá ya no soy melodía, quizá me he vuelto ruido, o tal vez eres tú quien ha aprendido a escuchar el silencio sin miedo.

Me aferro a los recuerdos, a esos instantes donde no había duda: la risa compartida en la madrugada, enhebrar nuestros brazos en mitad de la calle, la forma en que tus ojos me detenían como si todo lo demás fuese prescindible. ¿Dónde quedaron esos fragmentos? ¿Siguen escondidos en algún rincón de ti o ya los has dejado marchar?

Y aquí me encuentro, suspendida entre certezas pasadas y sospechas presentes, preguntándome en silencio si todavía brillo en tu mirada... 

o si simplemente me he vuelto invisible ante ella.


Esther

11.8.25

Raíces en el vacío

En este mundo sin brújula, donde los mapas se deshacen entre las manos, aprendemos a caminar sobre preguntas. El caos no es solo ruido: es el silencio demasiado denso de todo lo que podría ser y nunca fue. Y sin embargo…

Ahí reside el acto más íntimo de rebeldía:
Plantar un gesto de sentido en tierra baldía.
Mirar al abismo y nombrarlo "espejo".
Sentir el peso del tiempo y, en lugar de huir,
esculpir con él una figura que se parezca a la verdad.

La vulnerabilidad no es nuestra condena, sino el único material indestructible que poseemos. Ser frágil es tener la piel lo suficientemente fina para sentir el roce del misterio. Por eso, cada herida es también una grieta por donde se cuela una luz antigua, testaruda, que nadie pidió pero que insiste en recordarnos:

"Estar roto no es estar derrotado.
Es estar abierto."

Y en ese estar abiertos (desgarrados, sí, pero vivos) descubrimos que hasta la sombra más negra es prueba de que, en algún lugar, arde un fuego. No importa si es pequeño: su mera existencia es un desafío tallado en la oscuridad. Un "aquí estoy" escrito con tinta de resistencia.

Por eso escribo.
No para que me escuchen,
sino porque en el acto de trazar estas letras,
algo en el universo se estremece y reconoce:

"Existo".

"Escribo no para ser leída,
sino para que las palabras
me recuerden que existo."


Esther