Me llaman distraída, soñadora y torpe. Pero tú puedes llamarme...

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Todos y cada uno de nosotros tenemos dos caras, si no son más. Ewinor es mi segunda cara desde hace siete años. Siete años en los que he nacido, he crecido, he muerto y he vuelto a nacer, gracias a escribir, gracias a este blog donde se encuentra mi esencia, donde desnudo mi alma en cada frase; mi yo más oscuro, más pesimista, más tierno, más fuerte y por qué no decirlo, mi yo preferido. Siete años que me han hecho más fuerte y un poco más rara, si cabe. Éste es mi rincón secreto que por alguna razón siempre he querido compartir. ¿Y yo, qué soy? Yo soy todo lo que escribo, y lo que escribo es lo que soy.

9.1.14

El juego caprichoso

Desde el tejado de su casa contemplaba la caída del Sol, como cada atardecer, y observaba uno a uno los silencios que éste tarda en despedirse. A menudo se preguntaba por qué la Luna era tan cruel, por qué ya no mostraba interés por él.

Lo cierto es que se le hacía complicado comprender eso de las relaciones. Se le hacía complicado, o quizás tan siquiera quería perder tiempo en entenderlo. Por eso se sentaba en lo más alto a esperar que algún día la gran estrella luchase por sobrevivir un poco más. O mejor dicho, alguna tarde; cuando llega el ocaso a nuestras ventanas y nosotros nos vamos a dormir sin darnos cuenta de que todo a nuestro alrededor gira en torno a este caprichoso juego. 

Le oye, le ve cada día sonreír, y por las noches comparte sus lágrimas invisibles ante los demás.

—No quiero irme –diría, si pudiera articular palabra-. No quiero irme...

Todo el mundo está tan distraído que nadie se da cuenta de la verdad. Agachan la cabeza y miran hacia otro lado, pensando que mañana todo será mejor, que algún día podrán sonreír igual que sonríe el Sol todas las mañanas, cuando su lucha se ve vencida y sale victorioso de la oscuridad, de las tinieblas. 

Ella ya no cuenta los segundos, sino los silencios que nadie dice, esos que nadie llora, esperando que en algún momento todo cambie. Un solo acto podría llevarla allí donde se esconde la Luna, o dejarla caer desde las estrellas. Una caída de años luz, mientras espera que llegue el momento de tocar suelo y que se abran sus alas para poder volar y olvidarse de todo. Escapar hacia la nada, hacia un lugar donde no se sienta ni se sufra, sino que se viva sin importar nada más. Puede que quizás haya perdido esa luz que le iluminaba, que le hacía ser especial y que tanta fuerza y esperanzas le transmitía.

Imagina por un solo momento que el Sol eres tú y podrás empezar a entenderla, a entender un poco más cada rastro de las cicatrices que recorren su cuerpo... Aun cuando lo hagas seguirás sin poder hablar de ella y su historia, pues las peores cicatrices no son las que se ven...

sino las que se llevan en el alma.

Ewinor