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27.8.26

How does it feel?

Lo observó desde el otro lado de la habitación.

Era extraño.

A simple vista, no tenían nada que ver.

Él parecía pertenecer a ese lugar. Caminaba con seguridad, hablaba con facilidad y sonreía como si conociera las reglas de un mundo que a ella todavía le quedaba demasiado grande.

Ella, en cambio, llevaba toda la tarde intentando descubrir dónde poner las manos.

Y, sin embargo, había algo en él que le resultaba familiar.

Quizá era la forma en que apartaba la mirada cuando alguien lo observaba demasiado tiempo.

Quizá era ese pequeño silencio que aparecía después de cada sonrisa.

O quizá era simplemente que ella reconocía en sus ojos algo que también llevaba dentro.

Se acercó.

—¿Puedo preguntarte algo?

Él asintió.

Ella tardó unos segundos en encontrar las palabras.

¿Cómo es estar en tu cabeza?

Él la miró, sorprendido.

—No lo sé. ¿Cómo es estar en la tuya?

Ella sonrió.

No era la respuesta que esperaba.

Se sentó a su lado.

Durante un momento permanecieron en silencio, escuchando el ruido de las conversaciones alrededor.

—Somos bastante diferentes —dijo ella.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué siento que te entiendo?

Él se encogió de hombros.

—Quizá porque no somos tan diferentes como creemos.

Ella lo miró.

Pensó en todas las veces que había observado a otras personas desde lejos, convencida de que sus vidas eran más fáciles. Pensó que quizá había pasado demasiado tiempo intentando averiguar quién era diferente de quién.

Tal vez la pregunta correcta no era qué los separaba.

Tal vez era qué quedaba cuando desaparecían todas esas diferencias.

El miedo.

La soledad.

Las ganas de ser comprendidos.

La necesidad de que alguien se quedara.

Todo aquello que nadie podía ver desde fuera.

Ella bajó la mirada hacia sus manos.

—Entonces... —murmuró—, ¿somos iguales?

Él sonrió.

—No.

Ella levantó la cabeza.

—Pero quizá eso no importa.

Y por primera vez, ella entendió que dos personas podían ser completamente distintas y, aun así, sentirse reconocidas en el otro.

Como si, al mirarlo, estuviera viendo una versión diferente de sí misma.

No la misma.

Pero sí algo que conocía.

Esther

2.2.17

El placer de lo prohibido

Según pasaban las horas, quedó dormida y dejó su piel desnuda y vulnerable. Desde hacía un par de meses, esperaba con impaciencia que llegara la noche para volver a estremecerse en sueños.

Tan pronto como cerraba los ojos, sentía un escalofrío en la nuca que le erizaba toda la piel, seguido de una voz susurrante, que despertaba su fuego interno. Era entonces cuando se giraba, sus miradas se cruzaban y otro escalofrío recorría toda su columna. De repente, notaba el calor de sus manos expertas acariciando sus piernas con delicadeza y su imponente mirada clavada en sus labios. Se sentía atrapada, vulnerable, y eso le encantaba.

En ese momento sus bocas se encontraban y se desataba la batalla. Ambas lenguas jugaban dentro de la boca y los dientes mordían con brusquedad sus labios, mientras las manos arañaban los hombros, haciéndolos sangrar. El juego continuaba por unos minutos hasta que él la tumbaba con ímpetu sobre la cama y se colocaba sobre ella, sujetándole las muñecas con las manos. La lengua que hacía poco estaba jugando con la suya, pasó a recorrer despacio todo su cuerpo un par de veces, de arriba a abajo. Sin darse cuenta se vio a sí misma siendo atada a la cabecera de la cama con una cuerda gruesa que llegaba a hacerle daño en las muñecas.

Inmovilizada, sentía un cosquilleo en la zona interna de los muslos. De nuevo, sus manos le acariciaban las piernas, pero esta vez con más fiereza. Él, aprovechaba ese momento para retomar el juego entre sus piernas, y conseguir sacarle el primer gemido de placer. Mientras tanto, ella, seguía luchando con aquellas cuerdas que le impedían tocarle y agarrarle la cabeza. Como si él supiese lo que ella pensaba, levantaba la cabeza, la miraba a los ojos con la intensidad que le caracterizaba, y desataba los nudos.

Se tumbó sobre ella, rozando su piel desnuda y buscando de nuevo su boca. Entonces ella cerraba los ojos, dejándose llevar. Por fin, sentía que sus cuerpos se unían y todo su cuerpo estremecía, al tiempo que ambos escuchaban sus entrecortadas respiraciones.

«Toc, toc». Se escuchaba tras sus gemidos de placer, pero deseaba seguir, a estas alturas daba igual quién abriese la puerta. «Toc, toc». Volvía a oírse de nuevo, insistente. Su pulso se aceleró, y el corazón comenzó a latirle a mil por hora en el instante en que la puerta se abría y dejaba pasar un haz de luz, que la despertaba del sueño.

Se despertó empapada en sudor y respirando agitadamente. Miró hacia la puerta. Estaba cerrada. Por un momento sintió que todo había sido real y que había observándolos tras la puerta. Recordó el sueño, y sonrió, aliviada. Porque en el mundo onírico nada estaba bien, ni mal. Todo era posible, y tan simple como dejar que el deseo actuase a su libre albedrío. Sin más preocupaciones ni ataduras que las que debieran atarla a la cabecera de la cama.


Ewinor

30.7.15

Verde

Sus pies corrían desnudos escapando de algo que todavía no sabía muy bien qué era.

¿Huía de sí misma? ¿De los demás? ¿De aquella sociedad quimérica que la había visto crecer? Quería alejarse de tanta persona de hormigón y de tanto edificio vacío, ¿o era al revés? Hasta las palabras le parecían artificiales. ¿Cómo distinguir lo real de lo ficticio en un planeta tan demente?

- "Todo es un decorado de cartones y pintura..." -le recordaba la música que sonaba en sus cascos-.

Miró al frente y se dio cuenta de todo lo que se había perdido estos años, de todo lo que se estaba perdiendo el resto de la gente. Pasaban su vida intentando crear belleza -o encontrarla-,
allí la habían tenido todo este tiempo y no habían sabido apreciarla.

Por fin podía caminar dejando tras de sí tanto dolor, abandonando la pesadez del ruido y sin dejar ninguna palabra atrás.

Podía sentarse en lo alto de una loma y escuchar el silencio de su propia respiración, sentirse tan pequeña como una gota de lluvia que acaricia la piel en un día de lluvia, pero a la vez inmensa, porque era la única persona de ese mundo enfermo capaz de poder sentir algo tan intenso.

Había pasado años rodeada de gente y se había sentido sola y, ahora, que verdaderamente estaba sola, sentía que finalmente formaba parte de algo.

Exquisita naturaleza.

Ewinor

9.7.15

Vanidad Narcisista

Quedé sumido en el más absoluto silencio. Me provocaría náuseas seguir sintiendo la sangre fluir por mis venas. Pero existo. Hace ya unas semanas que desfallecí a causa de una inagotable aflicción. No me sentí capaz de asir con las garras mi vanidad y continuar mi camino. ¡Ni pensarlo!

Me apoyé sobre la pared del rincón más lúgubre de mi habitación y no quise permitir que mi cuerpo se desplomase, precipitándose contra el suelo. Arañé la pintura con las uñas hasta que los dedos me sangraron.

¿Silencio? No existe. No existe esa paz que tanto tiempo llevo buscando, que maltrata a mi ego y me convierte en amante de la oscuridad. Escucho un cristal romperse. Las horas, los minutos, los segundos… Se repiten sin fin dentro y fuera de mi cabeza. Hace ya mucho que le declaré la guerra al  reloj; se reía de mí cada vez que lo miraba. 

Renuncio a esa angustia que me produce desafiar al deseo. ¡Sentir! Fui programado para debilitar mis emociones y perdí la noción de mi geometría emocional.


Mi razón de existir se reduce únicamente a razonamientos lógicos. Soy y existo, existo y soy, o eso creo. Si lo real es lo que veo, solo soy un cuerpo escultural frente al espejo, al que llamaron Hugo. Un vertebrado que camina luchando, sin saberlo, contra el vértigo. Lúcido, adormecido el sonido del agua sobre mi piel acalla las voces que retumban en mi cabeza y merma mis pensamientos, reduciéndolos a suaves susurros con la boca. 


Cierro los ojos. 

Hace mucho tiempo que no he mirado el reloj.


Ewinor

31.3.15

La cadena del frío

Era una noche cualquiera de un día cualquiera. Tercera visita al frigorífico con el inútil objetivo de intentar disfrazar su insomnio. Vacío, como siempre. Realmente no sabía por qué lo hacía o qué esperaba encontrar ahí que antes no estuviese. Quizás era que le costaba acostumbrarse a verlo así y esperaba volver a encontrárselo lleno como lo había estado hacía unos meses; rebosante de vitalidad y color, fresco y… luminoso. Porque ya ni su pequeña bombilla funcionaba. Ya no había luz, en su interior solo había espacio para la oscuridad.

Tenía incluso la sensación de notarlo cada vez más frío. Una capa de duro hielo comenzaba a acumularse en sus paredes. De hecho, juraría que era el doble de gruesa que la semana pasada. Recordó entonces, unas palabras de su madre “limpia la nevera de vez en cuando y evita abrirla y cerrarla constantemente”. Puede que tuviese razón. Al fin y al cabo, las madres siempre la tienen.

Desenchufó el frigorífico y decidió esperar frente a él hasta que no quedase ni un ápice de hielo. Mañana por la mañana se habría armado con el suficiente valor como para ir a hacer la compra.


Ewinor

13.6.14

Lust

Entraron a trompicones por la puerta de la habitación, con los labios jugando a encontrarse en la oscuridad y la ropa ya casi hecha jirones. Le sorprendió verse contra la pared y sentir su aliento en el cuello.  La luz del amanecer teñía de un rojo intenso el largo cabello donde ahora se perdían sus manos. Parecía fuego. No sabía si el calor que sentía era cosa de su pelo o es que verdaderamente le sobraba la ropa que aún llevaba puesta.

Como si le hubiese leído el pensamiento, la chica de fuego resolvió sus dudas en un abrir y cerrar de ojos. Por fin ese momento que tanto tiempo había estado esperando, sus ojos no podían creerlo. Allí estaban las dos, frente a frente y semidesnudas, admirando el cuerpo de la chica que tenían delante. Fuego y madera, los dos elementos necesarios para desencadenar un devastador incendio.

Se miró a sí misma. No sabía cuándo ni cómo había ocurrido, pero su pecho estaba lleno de carmín rojo con la forma de sus labios. Su respiración estaba tan agitada que parecía que se le iba a salir el corazón por la boca.

Con solo una mirada ambas supieron que era hora de tirar los tacones a los pies de la cama. Y en menos de lo que dura un suspiro la chica de fuego ya se encontraba encima de ella, inmovilizando sus muñecas contra el colchón. Un leve jadeo se escapó de su boca cuando notó la lengua que antes la había besado, recorriendo su pecho muy lentamente. Ésa fue la chispa que terminó por encender la cerilla. Podía hacer con ella lo que quisiera. Era suya, siempre había deseado que así fuera.

Las manos que antes la tenían inmóvil, habían sido sustituidas por cintas de terciopelo negro que ahora la ataban al enorme cabecero de la cama. La chica de fuego se desabrochaba el sujetador ante sus ojos, dejando que éste se deslizara suavemente por su blanca piel. Era demasiado cruel tener que ver eso y no poder tocar su cuerpo, el cuerpo más perfecto que jamás había visto. Podía sentirla cada vez que ella acariciaba su cuerpo con las manos, que cada vez se encontraban más abajo… hasta parar al borde de sus caderas. Sus besos en la tripa le erizaban la piel, las yemas de sus dedos se deslizaban por sus muslos, llevándose consigo la única prenda de ropa que la cubría.

Las manos volvieron con violencia a sujetar sus caderas. Los besos suaves ahora eran mordiscos que bajaban de la tripa a un punto medio entre sus manos. De nuevo la lengua quiso entrar en el juego, bajando a descubrir esa parte que hacía tan poco había quedado al descubierto. Cerró los ojos de placer, se mordió el labio tan fuerte que se hizo sangre. Sabía increíblemente dulce.

Abrió los ojos de repente. Estaba sola en la cama, sudando y no había rastro de ella por ninguna parte, ni siquiera sus labios seguían dibujados sobre su pecho. A su derecha en la mesilla, la luz del móvil le avisaba de que tenía un mensaje: 


“¡Feliz aniversario, cielo! 
Despierta o llegarás tarde. 
Te quiero. 

Ángel. 

PD: Siento haberte despertado.”


Con mucho pesar se levantó de la cama y se miró al espejo. Tenía la cara bañada en lágrimas y sangre en los labios.


Ewinor