Lo observó desde el otro lado de la habitación.
Era extraño.
A simple vista, no tenían nada que ver.
Él parecía pertenecer a ese lugar. Caminaba con seguridad, hablaba con facilidad y sonreía como si conociera las reglas de un mundo que a ella todavía le quedaba demasiado grande.
Ella, en cambio, llevaba toda la tarde intentando descubrir dónde poner las manos.
Y, sin embargo, había algo en él que le resultaba familiar.
Quizá era la forma en que apartaba la mirada cuando alguien lo observaba demasiado tiempo.
Quizá era ese pequeño silencio que aparecía después de cada sonrisa.
O quizá era simplemente que ella reconocía en sus ojos algo que también llevaba dentro.
Se acercó.
—¿Puedo preguntarte algo?
Él asintió.
Ella tardó unos segundos en encontrar las palabras.
—¿Cómo es estar en tu cabeza?
Él la miró, sorprendido.
—No lo sé. ¿Cómo es estar en la tuya?
Ella sonrió.
No era la respuesta que esperaba.
Se sentó a su lado.
Durante un momento permanecieron en silencio, escuchando el ruido de las conversaciones alrededor.
—Somos bastante diferentes —dijo ella.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué siento que te entiendo?
Él se encogió de hombros.
—Quizá porque no somos tan diferentes como creemos.
Ella lo miró.
Pensó en todas las veces que había observado a otras personas desde lejos, convencida de que sus vidas eran más fáciles. Pensó que quizá había pasado demasiado tiempo intentando averiguar quién era diferente de quién.
Tal vez la pregunta correcta no era qué los separaba.
Tal vez era qué quedaba cuando desaparecían todas esas diferencias.
El miedo.
La soledad.
Las ganas de ser comprendidos.
La necesidad de que alguien se quedara.
Todo aquello que nadie podía ver desde fuera.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
—Entonces... —murmuró—, ¿somos iguales?
Él sonrió.
—No.
Ella levantó la cabeza.
—Pero quizá eso no importa.
Y por primera vez, ella entendió que dos personas podían ser completamente distintas y, aun así, sentirse reconocidas en el otro.
Como si, al mirarlo, estuviera viendo una versión diferente de sí misma.
No la misma.
Pero sí algo que conocía.
Esther